Gregarios: cuando el sacrificio no conoce límites

Gregarios: cuando el sacrificio no conoce límites

Gregario, de Charly Wegelius

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No hay deportista más estoico y generoso que el ciclista gregario. Su labor, que consiste en trabajar para que los líderes de sus equipos lleguen a los momentos claves de las etapas en las mejores condiciones, es una de las más duras y desconocidas del deporte profesional.

Los gregarios evitan los focos, pero son la argamasa que cohesiona el equipo, la vía de comunicación entre los jefes de filas y el coche de equipo, los peones que se adaptan a cualquier eventualidad, siempre pensando en el bien común. Son los sufridos héroes anónimos del pelotón.

El ciclista británico Charly Wegelius fue un respetado gregario durante muchos años. Su carrera transcurrió sobre todo en Italia, donde sus actuaciones con Mapei, De Nardi, Liquigas y Lotto, entre otros, le granjearon la fama de domestique fiable, especialmente en etapas de montaña.

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Wegelius nunca ganó nada, nunca vistió la maglia rosa en el Giro, nunca luchó por una etapa en una gran vuelta –lo más cerca que estuvo de ganar una etapa fue en la Vuelta a Asturias de 2011, cuando su carrera se acercaba a su fin–, pero pocos pueden estar más orgullosos de su carrera como él y muy pocos experimentaron más que él la sensación de deber cumplido.

El británico conoce mejor que nadie la realidad del ciclismo profesional, y en particular los entresijos de la profesión de gregario, y ha volcado todas sus experiencias en un libro imprescindible para descubrir el lado no glamuroso del ciclismo profesional: el de los hoteles de dos estrellas con habitaciones minúsculas y colchones blandos, el de los pollos a l’ast fríos después de una etapa de 200 kilómetros con tres puertos de montaña, el de los 1500 euros al mes, el de los chantajes del equipo para exprimirte al máximo.

Gregario, así se titula cómo no el libro que acaba de publicar la editorial CONTRA, es una mina para los buenos aficionados al ciclismo, pero hay una historia que ejemplifica mejor que cualquier otra la extraordinaria generosidad de un ciclista nacido para ayudar.

En el Giro de 2003, la leyenda italiana Marco Pantani era ya un ángel semicaído. Sus problemas con la cocaína, el positivo que había dado en 1999 en Madonna di Campiglio y la jeringuilla con restos de insulina que le habían encontrado en su habitación de hotel durante el Giro de 2001 le habían convertido en un ciclista volátil, inseguro, esquivo y al borde del abismo. Pero Pantani, como los grandes héroes, iba sobrado de orgullo y se negaba a caer.

En la decimoctava etapa, las condiciones climatológicas fueron pésimas y el pelotón se fragmentó en la subida al Colle di Sampeyre. Tras un par de kilómetros, Wegelius se encontró rodando detrás del Pirata, que había quedado descolgado del grupo del líder y sufría como un condenado rodeado de cámaras de televisión que no querían perderse esas imágenes de derrota que tan bien funcionarían en el telediario de la noche.

Wegelius, que no era precisamente un fan del de Rimini, ni estaba en su equipo, no lo dudó; sin mediar palabra, Pantani la aceptó y juntos acometieron lo que quedaba del largo ascenso. A Wegelius no le beneficiaba en nada, pero en ese momento sintió que debía ayudar al Pirata.

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Charles, por entonces ciclista de De Nardi, tiró de Pantani con toda su alma, como tantas otras veces había hecho y como tantas veces haría en años venideros para gente como Honchar, Di Luca o Garzelli, y consiguió reducir la distancia con el grupo del líder. Pero en el descenso Charly Wegelius no quiso arriesgar –había sufrido dos caídas un par de días antes— y eso disgustó al Pirata, que se puso a insultarle de muy malas maneras. Wegelius se quedó perplejo. Se había sacrificado desinteresadamente por él, le había tratado como si fuera su jefe de filas –algo que le valió, por descontado, una fuerte reprimenda de su director– y aun así esa leyenda en horas bajas se lo agradecía con insultos.

Wegelius dijo basta, se apartó y lo dejó pasar. Su generosidad había llegado al límite. El Elefantino le pasó como una exhalación mascullando los últimos improperios. Wegelius, magullado y humillado, negó con la cabeza. En la siguiente curva, los ojos de ambos se encontraron cuando Wegelius fijó la vista en un corredor que yacía tirado en la cuneta. No era otro que Marco Pantani.

Menos de un año después, el Pirata fue encontrado muerto en un hotel de Rimini.

¡Si quieres saber más sobre los Gregarios, no dudes en hacerte con el libro de Charly Wegelius!

 

Por | 2016-07-01T12:35:48+00:00 01/07/2016|0 Comentarios

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